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La Chichería, una tradición guaymí (POR LAS SENDAS DE NUESTROS ANTEPASADOS)

05 Oct 2003

 

La Chichería, una tradición guaymí

   Encontrándonos en Corotú, comunidad indígena del Distrito de San Félix, fuímos invitados a presenciar una “chichería”, fiesta guaymí cuya finalidad es la diversión y donde, como su nombre lo indica, se bebe abundante chicha de maíz fermentada.

   Esta comunidad, situada a escasa hora y media de la carretera Interamericana, experimenta una gran influencia de la cultura latina u occidental.  Desviándose de la forma tradicional, esta chichería se haría a beneficio del club deportivo de béisbol de la localidad.  Esto significaba - para desilusión nuestra -, que la chicha sería vendida y no regalada, como es la costumbre ancestral.

   La penetración del capitalismo en el campo, con su consabida proletarización de los pequeños productores, ha traído como consecuencia la falta de excedentes y, por ende, profundos cambios en las costumbres y tradiciones de los pueblos.  Nuestro desconcierto, que experimentamos en Corotú, fue el hecho de que la chicha no la hacen mascada, por lo que tuvimos que tomar chicha  comprada y sin mascar!!!

   Don Miguel Montezuma (Tana Todobu), viejo balsero, cantor tradicional y gran conocedor del folklore guaymí, garantizó con su leal y grata compañía nuestra participación en esta festividad, dada su gran ascendencia sobre la gente de la región.  Con él y sus hijos, elegantemente vestidos con camisas y pantalones blancos de vistosos ribetes geométricos y de colores, llegamos al lugar de la fiesta a eso de las siete de la noche.

   Bajo un frondoso árbol de mangos estaba construido el corral-cantina, con su mostrador y los toneles de chicha, bebída que sería vendida a diez centavos la botella.

Un hombre de edad madura sonaba de vez en cuando, de manera difusa, es decir, sin ritmo alguno, el “ton” o maraca, para ir  ambientando a la gente” -según se nos explicó-, pues pronto se iniciaría el baile tradicional conocido como “jeguí”, al cual también llaman “kómike bokota” (matanza de sapos), debido a que una de las figuras coreográficas de este baile consiste en acompasados zapateos.

   El cantor contratado, un “roá” (anciano), llegó acompañado de algunos hijos y nietos y causó gran expectativa.  Chicos y grandes, mujeres y hombres, se fueron congregando a su alrededor.  Se comenzaron a distribuir las maracas, que son cuatro.  Quien recibe una maraca debe ser un cantor, o por lo menos un aprendiz, y debe estar dispuesto a amanecer.  Además estos cantores secundarios deben tener buen oído para poder repetir los versos que canta el trovador principal, muchos de cuyos cantos no están en el idioma Ngobere (idioma y no dialecto, como muchos ignorantes en cuestiones de lingüística dicen) que es el idioma comúnmente hablado entre los guaymíes de Chiriquí, sino en Buglere que, al parecer, es el idioma que siempre se ha usado en los cultos sagrados y demás rituales tradicionales.

   El cantor principal se sentó en una banca de varitas especialmente construida para él y los músicos.
Una “guaricha” (lámpara de kerosene hecha de lata), colgada de un poste de madera lateral a la banca iluminaba la estancia con su lumbre parpadeante y rojiza.  La luna aún se escondía tras las montañas.

   Ya en el “ Ju Ni Ngoberegwe” (Centro de Fe y Alegría para indígenas ubicado en San Félix) habíamos “echado un pie” bailando el “jeguí”; un jovencito de escasos 14 años (Benedicto González), a quien sus compañeros de travesuras apodan “Ngobogre Kwatda Dorebe”, es decir, “El niño de la Piel Suave”, nos refrescó la memoria en cuanto al ritmo y los pasos del baile en un ensayo preliminar.

  El cantor empezó su “ka” (canción tradicional) y los cuatro acompañantes empezaron a hacerle coro.  En fila india, con mucha parsimonia y solemnidad “oriental’, los cantores secundarios dieron cuatro vueltas, en cuestión de una hora, alrededor del cantor principal, en cuyo canto se destacaba una especie de estribillo que repetía constantemente :iron-laín, iron-laín.... “ Pensamos que se trataba de un canto épico, un tema histórico relativo al legendario héroe guaymí de la época de la conquista, Jironday, un sukia o sacerdote con poderes parapsicológicos que predijo la llegada de los españoles y a quien los conquistadores decapitaron en una batalla por la región de Tolé. Jironday es uno de los tantos héroes indígenas que no se mencionan en nuestra historia oficial eurocentrista.  Pero luego se nos explicó qua el canto no se reféria al mencionado adalid contemporáneo de Urracá, sino que se trataba de un canto especial para los niños, los cuales están simbolizados por unas cañacillas silvestres llamadas “iron-laín” (nosotros escuchábamos: “Jiron-day”).

Las cuatro maracas, los cuatro cantores secundarios, y las cuatro vueltas de los músicos alrededor del cantor principal, tienen su porqué: el número cuatro (4) tiene su importancia dentro de la Cosmogonía guaymí.  Fueron 4 los días que utilizó Ngóbó (Dios), para hacer el Mundo, según los guaymíes.

   El baile empezó, niños y adultos comenzaron a danzar.  La gente iba y venía durante toda la noche, del corral-cantina al baile, que fue tomando solidez y espectacularidad y así ¡hasta el amanecer!.

   Mientras participábamos eufóricos en este baile colectivo a estilo de “cuadrilla”, erizados por la sorpresa -dada nuestra procedencia azuerense-, escuchamos pasmados el grito largo, de cantina, que suelen ejecutar los campesinos de Azuero (región panameña de gran ascendencia hispánica) durante los días de fiesta y una interrogante nos comenzó a taladrar el cerebro:

   ¿ Es este grito un elemento hispánico incrustado en la cultura guaymí como consecuencia de la conquista , o, por el contrario, se arraigó desde la época de la Colonia en el campesinado de Azuero?   Recordamos lo dicho por Narciso Garay en Tradiciones y Cantares de Panamá, en el capítulo titulado: “Motivos Guaymíes’, en relación a lo que él presenció en la zona guaymí del oriente chiricano a principios del siglo 20 (1914): “La multitud indígena, harta de chicha y embriagada de sonoridades, se entregaba toda ella a la ilusión dionisíaca. ¿Acaso no es ella la única que permite al infeliz, al paria, al oprimido, al desheredado de la fortuna sentirse grande, noble y poderoso por unos instantes?  ¿ Sería humano negar a esos pobres hermanos nuestros, descendientes de príncipes destronados, de caciques asesinados, de señores burlados, robados y vilipendiados, el sueño engañoso, el dulce letargo que estila olvido en el corazón, ardor en las venas, luz en el cerebro?

   A las seis de la mañana, con la luz de la alborada tiñendo al cielo de carmín veranero, comenzamos a alejarnos de aquel paraje encantador.  El acompasado zapateo del “Kómike bokota” retumbaba a la distancia y una nube de polvo blanquecino levantada por los danzarines empañaba sus siluetas. ¡Fue una noche inolvidable!

   Después de tan sólo una hora y media de camino, muertos de sueño subimos al bus que tomamos ya en la Carretera Interamericana, a la altura de la localidad de San Juan, para viajar a San Félix.  Tuvimos la sensación de haber trascendido otra dimensión.

   Al llegar a San Félix para participar en una reunión de trabajo en nuestro Equipo de Fe y Alegría, unos desacostumbrados lentes oscuros nos delataban.  Era lunes...

Tomado de: POR LAS SENDAS DE NUESTROS ANTEPASADOS

Autor:
Pastor E. Durán E.
pastord@hotmail.com
pastorja@yahoo.com